Cuando dejas de salvar a todos… empiezas, por fin, a salvarte a ti mismx.
Nov 21, 2025Durante mucho tiempo nos dijeron (directa o indirectamente)
que amar era hacerse cargo.
Cargar. Resolver. Ser el sostén emocional, económico, afectivo, espiritual.
Y quizá tú también creciste así:
siendo la persona fuerte, disponible, luminosa…
la que escucha, la que rescata, la que siempre tiene espacio para un drama más,
mientras por dentro se te iba desgastando el alma.
Tal vez te acostumbraste a llegar siempre al rescate:
- “Yo te ayudo, no te preocupes.”
- “Yo me encargo.”
- “Tú solo descansa, yo lo hago por ti.”
Y cada vez que intentas arreglarle la vida a otrx,
ocurre algo silencioso pero profundo:
Esa persona comienza a creer que alguien más puede hacerse responsable de su bienestar.
Y eso… está lejos de ser verdad.
Nadie puede respirar por ti.
Nadie puede sentir por ti.
Nadie puede sanar por ti.
Nadie puede vivir tu vida por ti.
Lo mismo aplica para los demás.
Cuando te sacrificas para solucionarles todo,
además de perder energía…
pierdes tiempo, claridad, contacto contigo.
Tu camino se detiene,
tu deseo se apaga,
tu cuerpo empieza a protestar: insomnio, ansiedad, cansancio, irritabilidad.
Y aun así,
esa otra persona tampoco avanza.
Se crea un círculo eterno donde tú te frustras,
te enojas porque “no cambian”,
te sientes usada, invisible…
y ellxs siguen atrapados en sus mismas historias,
porque nunca se vieron obligadxs a hacerse responsables de sí mismxs.
A veces resolver se siente como amor.
Se siente noble.
Se siente correcto.
Incluso te da identidad:
“Si yo no estoy, todo se cae.”
Pero en realidad, muchas veces es:
- un acto de control disfrazado de ternura,
- un miedo que se viste de ayuda,
- una forma inconsciente de sostener vínculos
que jamás se construyen desde la libertad,
sino desde la dependencia.
Y aquí duele mirarlo, pero es importante:
Cuando siempre estás tratando de salvar a alguien,
además de “evitar su caída”…
evitas su posibilidad de crecer.
Acompañar nunca es cargar.
Amar está muy lejos de requerir…
que le resuelvas la vida a alguien.
Amar es confiar en que cada persona es capaz.
Amar es soltar la ilusión de que tú sabes mejor,
qué necesita la otra persona.
Amar es permitir que el otro experimente sus propias consecuencias…
y encuentre sus propias soluciones,
aunque te dé miedo,
aunque te den ganas de intervenir,
aunque una parte de ti quiera “volver a hacerte cargo”.
Y sí, poner ese límite a veces duele.
Cuando eliges construir tu vida,
tus sueños,
tu energía,
tu propio deseo…
algo mágico ocurre:
Dejas de ser muleta
y te conviertes en inspiración.
Dejas de ser quien se arrastra por sostener a todos,
y empiezas a ser quien camina su camino con integridad,
aunque a veces se canse,
aunque deje de estar disponible para todo el mundo.
Y desde ahí,
poco a poco,
lxs demás también empiezan a hacerse responsables de su camino.
Nunca más porque tú les resuelves,
sino porque tú les muestras (con tu ejemplo)
que es posible sostenerse a unx mismx.
Dejar de resolver es diferente a abandonar.
Puede sonar duro,
pero en realidad es una forma profunda de respeto:
Es respeto a tus límites.
Es dignidad para tu historia.
Es amor en acción hacia ti…
y hacia la otra persona también.
Porque cuando sueltas el papel de salvadorx,
le devuelves al otro algo que nunca debiste quitarle:
su propio poder.
Y sobre todo,
es el primer paso para vivir tu vida,
en vez de cargar la de otros.
Tal vez ya estás cansadx.
Tal vez sientes el cuerpo saturado, la mente agotada, el corazón sin espacio.
Tal vez intuyes que hay una forma distinta de amar,
sin desaparecerte,
sin quedarte vacíx.
Si algo de esto te resuena,
esta puede ser tu invitación a preguntarte, con honestidad:
¿De quién he estado cargando la vida?
¿Y cuándo empiezo, por fin, a vivir la mía?
Con cariño y verdad,
Nilda. 🌷